Una excavación para un centro logístico en la zona industrial de San Luis Potosí, cerca de la carretera 57, quedó detenida tres días porque el material arcilloso del fondo cambiaba de consistencia con la humedad del ambiente: en la mañana estaba firme y al mediodía se deformaba bajo el peso de la retroexcavadora. Ese contraste no era un capricho del clima potosino, era plasticidad pura. Para salir de dudas aplicamos los Límites de Atterberg, un ensayo clásico que mide la frontera entre el estado líquido, plástico y semisólido de un suelo fino. En San Luis Potosí, donde las arcillas lacustres del antiguo lecho del Valle de San Luis se mezclan con limos de acarreo eólico, el ensayo de granulometría complementa la clasificación, pero los límites son los que realmente dictan si el suelo se va a expandir o a perder resistencia al saturarse. El procedimiento sigue la norma ASTM D4318: determinamos el límite líquido con la copa de Casagrande y el límite plástico con bastones de 3.2 mm hasta que se desmoronen, todo con muestras inalteradas o remoldeadas según la fase de proyecto. La diferencia entre ambos números da el índice de plasticidad, que en suelos potosinos suele estar entre 12 y 35, un rango que obliga a prestar atención al diseño de cimentaciones superficiales y a la estabilidad de taludes en cortes temporales.
El índice de plasticidad no es un número abstracto: en arcillas potosinas un IP mayor a 25 anticipa cambios volumétricos que pueden fisurar contrapisos y muros si no se diseña con ese dato.
